Opiniones

El ulular de las ambulancias en Nueva York

[Esta ciudad ya no camina igual, los zombies se esconden en las nubes, otros se aterrorizan en sus cuatro paredes cual si fueran cárceles…]

Deja que los muertos entierren sus muertos / Karl Marx

La capital del mundo que fue en el siglo veinte y se reeditó en este siglo veintiuno, se está reeditando como el purgatorio de todos los Estados Unidos. La crisis sanitaria está tomando una realidad dantesca, sus calles en el centro y en las periferias se asemejan al sonido lento de los árboles de una primavera que no acaba de vencer al invierno.

Esta ciudad ya no camina igual, los zombies se esconden en las nubes, otros se aterrorizan en sus cuatro paredes cual si fueran cárceles, refugios donde nadie se quiere hablar y tocar, porque todos son sospechosos de poseer un atroz y perverso insecto invisible que derrota el aliento, y te acerca a la parca, sin que los héroes de la salud te garanticen que puedan cortar el rugir de esta muerte; esta realidad que se traga la vida, sin que puedas huir a mejor vida.

Nueva York duerme paciente, respira en el poco espacio que le queda, sus calles amplias de Time Square apagan sus luces, no se recuerdan sus calles, que los neoyorquinos y turistas del mundo celebran la llegada de cada año nuevo. Sólo recuerdan, que una vez del 2001 toda esa zona se bañaba en humo, vientos, fuegos, derretidos de aceros y vuelos de humanos como golondrinas sin garras. Pero hoy, hoy, la gente en el Bronx, Manhattan, Long Island, Queens, (nuestra gentes dominicanas en Washington Heights se dice tienen una estadística grave de muertos). Las muertes se producen como  el descenso de los vuelos de las moscas cansadas y rendidas.

Toca pasar diario por la casa de Edgard Alan Poe ubicada en Grand Concourse, el céntrico y majestuoso Boulevard del Bronx. He querido pararme y contarle a Poe, que quizá sus historias detectivescas puedan ser superadas por este fantasma que recorre a Nueva York, todo Estados  Unidos y el mundo.

Poe, se encoje y dubitativo, dice, si este fantasma supera mis historias,  me iré a Boston o repetiré mi vuelo imaginario a Francia, y en París cogidos del brazo recorreré con mi amigo Baudelaire todas sus calles y entre nuestros gabanes esconderemos whisky o alcohol barato, para tomarnos pequeños sorbos económicos.

Solo pido, dice Poe, que no se atraviese en mi camino, Eufemio obrero, porque no tomo cervezas como él. Que se las deje al viejo Bukowski.

Mucho menos, quiero filósofos como Walter Benjamín, para que se pongan a pensar y decir que esta pandemia camina al igual que yo y Baudelaire en el Paris brumoso de  la actualidad, concluye Poe.

De regreso al pasado, se le dice, a Poe, es que la pandemia anda por allá, persigue y arropa como una telaraña gigante.

Entonces, habla Poe, tendré que seguir escuchando el ulular de las ambulancias en Nueva York, escribir de nuevo otras historias de pandemias.

Cuéntenme, o díganme algo, sobresaltado, exclama y pregunta, perdido en el limbo.

¿Qué le pasa al ejército sanitario de la ciudad capital del mundo, porque está débil, porque dicen priorizar las vidas de los seres humanos, que están viviendo el drama de su existencia?

El terror se apropia de todo ese ejército que ha combatido heroicamente.

Poe, estamos sintiendo, que la carta perdida que escribiste, seguirá perdida.

Quizás aparezcan los detectives de la sanidad y la voluntad política y económica; y entonces el anillo de Arquímedes en la bañera haga su presencia, entonces el grito de Eureka venza la tragedia.

Comprenderemos, la frase de Marx, que los muertos entierren a sus muertos, sí, porque la ciudad está habitada por muertos vivientes y desfallecientes aterrorizadas por el ulular de las ambulancias.

Mañana cuando despierten los muertos, cantarán un ¡Eureka! al ejército valeroso de la sanidad de la ciudad y el mundo.

Escrito por: Héctor Miolán

Nueva York, invierno-primavera de la pandemia,

04 de abril, 2020.

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